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Cuando me decidí por estudiar sociología en la universidad, la gente no entendía muy bien ni qué era eso ni para qué servía. Creo que yo tampoco, simplemente me atrajo algo que desde la primera clase me sirvió de utilidad hasta hoy día emprender mi carrera profesional: Abrir la mente, los oídos y los ojos para ver las cosas que los demás no ven, aunque estén en sus narices, aunque formen parte de ellas.

Caí entonces en el vicio de alimentar y compartir esa curiosidad insaciable que se me abrió con los estudios, para enfocarlo en pensar cómo moldear comportamientos sociales alrededor de marcas, productos, causas…

Me dediqué a la publicidad digital y aunque me apasionaba la tecnología y la innovación, sociólogo al fin, también me interesaba la interacción social. Así que me dispuse a planificar relaciones sociales entre las marcas y la gente; me propuse como meta conversar, entretener, crear contenidos de valor y compartir ese afán con mi grupo de trabajo.

Curioseando en este mundo de jornadas de más de 10 horas, descubrí lo increíble; que la publicidad no tenía como único fin las ventas y que éstas no son otra cosa que una consecuencia de nuestro trabajo. El verdadero laburo está en inspirar, entretener y motivar al consumidor. ¡Las ventas dejémoselas a la percha, al cupón y al carrito de compras!

El publicista no es el artista que crea piezas para su satisfacción personal, ni el ejecutivo que manda mil emails por hora, ni el de medios que cree en alcances masivos “porque números son ventas”, ni mucho menos el community manager que parece máquina de respuestas automatizadas.

Publicista es el curioso revoltoso que busca diferentes caminos para contar una historia, el creativo que piensa en la gente antes que en sí mismo, el estratega capaz de escuchar para proyectar y todo aquel que tenga sus mañas para vender ideas que produzcan algún cambio, que atraigan y que impulsen acciones en las personas.

¡Justo para eso me dediqué a la publicidad!